
El Jardín Embotellado
por Hombre de Hojalata (@SHojalata)
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Inés, pásame ese abrebotellas – dijo, sin añadir por favor, el abuelo Carlos.
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¿Otra vez? Parece que para el aguardiente siempre tienes plata -dijo la nieta de 14 años.
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No seas aguafiestas y pásalo por favor.
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Bien, pero no te pongas cascarrabias. – dijo Inés, ya acostumbrada. Ese diálogo últimamente era habitual entre ambos.
Hacía cinco años que Inés había perdido a su madre por un cruel Cáncer de Seno. Poco a poco, ella vio cómo su Madre, ese ser que le había dado la vida… se iba consumiendo. Ella le fue explicando su enfermedad, cómo podía hacerlo a una niña pequeña… a su propia hija.
El color de las cálidas mejillas de su madre, poco a poco, fue volviéndose amarillento. El maligno Cáncer, detectado a destiempo, se había extendido tanto por su cuerpo, que aún con la quimio y la radioterapia, no alcanzaba.
Parecía que sólo Inés y su Abuelo, eran lo que mantenían aún con vida a su madre… sin embargo, un día, su Madre no despertó. A partir de allí, para Inés, su vida dio un tremendo vuelco.
Nunca había conocido a su padre. Alguna vez, hacía tiempo, había escuchado hablar a su abuelo, a quien veía ocasionalmente. Este le decía a su madre, mientras ella vivía, que el padre de la niña no merecía tener una hija tal maravillosa cómo su nieta era.
Siendo una niña criada con amor y con esmero por su Madre casi en soledad, fue muy difícil quedarse de un día a otro con su único familiar, el padre de su madre, su Abuelo Carlos, persona huraña y algo hosca.
A pesar de ello, el Abuelo Carlos, cómo podía, trataba que a su nieta no le faltase nada. Iba a la escuela con todos los libros que usaban sus compañeros, tal vez no tuviera tantas ropas de marcas caras, pero le había arreglado una vieja máquina de coser – una Singer, que de joven usaba su madre – y siempre trataba de conseguirle alguna tela buena que encontrase en alguna tienda a buen precio. A veces, encontraba alguna hermosa tela que por casualidades nunca se había vendido y ahora estaba a mitad de precio. En otras, eran telas con detalles, pero a pesar de ello, Inés, cómo su Madre, tenía una gran habilidad para la Costura.
Ahora, a pesar de todos los esfuerzos de su abuelo y a pesar de la gran amistad de su única gran amiga, Micaela, se sentía sola. Pasaba noches enteras mirando el Cielo, la Luna y las Estrellas. Trataba, con todo corazón, de encontrar a su Madre en algún rincón del Cielo.
Hacía un tiempo que el Abuelo Carlos iba volviendo a la bebida. La había dejado al principio, cómo condición de no perder a su única nieta. Lo único que le quedaba en su vida…
La joven Inés, veía cómo su Abuelo lloraba a solas la muerte de su amada hija…
De hecho, Inés se preocupaba cada vez más, ya que tenía miedo de que la sacaran de su lado, pues a pesar de todo, amaba a su Abuelo, su último familiar, con todo el amor que cabía en su joven Alma.
Un día, en la casa de su amiga, vio un programa de televisión donde hacían auténticos jardines en botellas de vidrio, de tamaño mediano a grande.
A pesar de que no pudo verlo hasta el final, y dado que en su casa no hay TV (la jubilación del abuelo es muy justa), sí pudo estudiar el método en un ordenador del Secundario a donde asiste, que es de libre uso. Allí logró mirarlo hasta el final y recordar mentalmente cada paso.
Así que pensó, que, para el regalo de su abuelo, que llegaría pronto a los 70 años, regalarle un jardín embotellado en una de esas botellas de aguardiente que iba tirando el Abuelo en la basura. Recordaba que a su Mamá le encantaba armar plantas y flores en pequeñas macetas y alguna vez hasta lo habían hecho juntas.
La primera vez que lo intentó fue un auténtico desastre… le había faltado usar piedritas debajo de la arena y había echado mucha agua sin querer sobre la capa de tierra (había sonado el teléfono del abuelo en ese momento), con lo cual todo termino cómo una masa de lodo.
Aun así, Inés no se desanimó, todo lo contrario, lavó por completo el recipiente hasta que brillara, lo dejó a secar afuera en un momento que el Abuelo Carlos había salido a hacer unos mandados… con tanta mala suerte, que un fuerte viento se lo tiró y se rompió en mil pedazos. Parecía que la suerte no le sonreía a Inés.
Después de limpiar todo, pasaron varios días hasta que, de casualidad, encontró un hermoso botellón, amplio, de boca ancha y hasta con un bonito tallado que apenas se notaba. Seguramente fue alguna vez un hermoso regalo que le hicieron a la Abuela Esmeralda, que ya había partido hacía mucho tiempo.
Inés, con todo esmero y cuidado, fue lavando el botellón hasta dejarlo reluciente. Ahora podía ver con claridad los detalles que tenía el tallado, estos eran una “E”, una “C” y un Corazón en el centro.
¡Eran las Siglas de sus Abuelos! Sin dudas, un regalo del abuelo a la abuela posiblemente en su época de novios.
Con mucho cuidado, Inés lo volvió a intentar, esta vez, llevando paso a paso la preparación exacta cómo en el video. Eligió un helecho que había plantado hacía poco en el exterior y también semillas de flores pequeñas, cómo las Violetas, que eran las preferidas de su Mamá. En cierta forma, sentía que este jardín embotellado sería una unión espiritual entre ella, su Mamá y su Abuelo Carlos.
Cuando finalmente puso un corcho que encontró cómo tapón de la botella, Inés lloró, lloró en parte por la belleza de su jardín embotellado, en parte por la tristeza de no tener a su Mamá a su lado para que lo viera, ya que no logró superar el Cáncer.
Además, hizo una pequeña manta con la máquina de coser, con la cual ocultaba la botella en su habitación. Cuando el abuelo salía, lo dejaba un rato afuera, no al sol directo. Antes de volver el abuelo o cuando salía de la casa lo ubicaba en un rincón de su habitación donde llegaba la luz a iluminarlo.
El tiempo pasó. El Abuelo Carlos estaba más y más triste cada vez que se iba acercando su cumpleaños. De hecho, alguna vez le había preguntado a su querida nieta, si no había visto un viejo botellón, a lo que Inés siempre decía que jamás había visto nada parecido en la casa.
Finalmente, el día llegó. A pesar de no disponer de muchos recursos, gracias a su mejor amiga le había podido hornear un bello pastel de cumpleaños. El abuelo a veces era voluntario en un hospital, a donde iba a contarle cuentos a los niños enfermos. Era algo que hacía desde que había perdido a su hija.
Al volver a la casa, al apenas entrar, el abuelo sintió el exquisito olor del pastel, así como de un café que acababa de sacar Inés del fuego.
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¿Y esto? – preguntó el Abuelo Carlos – Inés, tu sabes bien que yo no celebro mis cumpleaños. Dijo algo contrariado y sorprendido.
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Lo sé Abuelo – dijo algo apenada Inés – es que yo… – y no pudo lograr seguir, pues las lágrimas anegaban sus ojos.
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Espera, espera Inés… ay que torpe yo – dijo el Abuelo Carlos, que tanto quería a su única nieta – ven, siéntate, traeré el café y probaremos esta exquisita torta, que se ve que tanto empeño pusiste en ella…
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¿En serio Abuelo? – dijo su nieta – En serio, si es importante para ti, lo es también para mí.
Así que se sentaron a la mesa, una mesa redonda que había fabricado el Abuelo muchos años atrás, sobre la cual había un hermoso mantel de tela de varios colores bordado por su nieta.
Esa tarde, disfrutaron y sonrieron cómo hacía mucho que no lo hacían. Siempre, estaba cerca la foto de su Madre Serena (e hija del abuelo) y pasaron un rato de lo más agradable. Cuando ya estaban terminando, Inés tomó con delicadeza las manos del abuelo y le dijo:
Abuelo, sé que no te gusta que gaste en regalos y cosas innecesarias, pero aun así tengo un regalo para ti.
Inés… – empezó a decir el abuelo – pero la nieta lo interrumpió y le pidió que la acompañase a su habitación pues era un regalo bastante grande… y algo pesado.
Una vez allí, en el centro de la habitación, a un costado de la cama, había un gran objeto cubierto por una bella manta multicolor. La nieta le dijo al abuelo que quitara la manta con cuidado y cuándo éste lo hizo, se quedó, por momentos, sin palabras…
Allí, vio el botellón que tanto había temido que se hubiese roto o extraviado. Y, dentro del mismo, un universo natural a escala, con un hermoso helecho central y a su lado, bellísimas Violetas aquí y allá, además de varios detalles que poco a poco, Inés había ido añadiendo.
En ese momento, el Abuelo Carlos se sentó en la cama… y empezó a llorar, cosa que hacía tiempo que no hacía delante de Inés.
¿Abuelo… estás triste… acaso no te gusta? – Preguntó inquieta su nieta.
De pronto, las lágrimas se borraron de la cara de su abuelo… y poco a poco, fue creciendo una gran sonrisa, una que hacía tiempo ya que no veía en el rostro de su abuelo.
¿Cómo no me va a gustar Inés?… ¡Me encanta! – dijo el abuelo. Y el botellón, me encanta verlo así, lleno de vida y color. Muchas gracias Inés, es el mejor regalo que me han hecho en la vida. – Y le dió un gran abrazo.
Dime abuelo, ¿tú le regalaste este botellón a la abuela? – ¿Yo?, No Inés, al revés, tu abuela me lo regaló a mí en mi cumpleaños poco después de casarnos.
Resulta, que tu abuela fue una persona muy habilidosa con las manos y hubo un tiempo que trabajó en una fábrica de vidrio… y allí le enseñaron a hacer estos grabados… ¡y fue quien mejor los hacía!
Y ahora veo que esa habilidad manual es hereditaria. Tu mamá, a quién seguramente le encantarían esas hermosas Violetas, cosía muy bien de niña. Incluso a tu edad vendía ropa que ella hacía a las vecinas para colaborar en la casa y tener dinero para comprar buenas telas. ¡Y ahora tú! Esto Inés, es una verdadera belleza.
Algunas lágrimas corrían ahora por el rostro del Abuelo… sólo que esta vez, eran de felicidad.
Al día siguiente, Inés recortó con mucho cuidado algunas Violetas y junto al Abuelo fueron al camposanto donde descansaba Serena, la Mamá de Inés y la hija de Abuelo Carlos.
Desde ese día, no hubo más discusiones en la casa. El abuelo dejó totalmente la bebida y su salud mejoró muchísimo. A pesar del dolor que le había provocado a ambos la muerte de Serena por un Cáncer de Seno, con ese Jardín Embotellado que será perpetuo, cómo el recuerdo de ella, ambos, por fin encontraron Paz y lograron seguir adelante en la vida.
El abuelo vio crecer a la nieta hasta transformarse en una muy hermosa mujer, igual a su Madre y tan capaz cómo esta y su Abuela…
