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Cobertura tatuaje y la cicatriz

Tatuaje

por Rocío Reina Parrado

Mientras crecía, los tatuajes llamaron mi atención. Una compañera en el colegio se hizo un sol alrededor del ombligo. Los rayos en amarillo y naranja brillaban como si el chakra de plexo solar se activara. Fui avanzando en mis estudios, y la parte del cuerpo que imaginaba tatuarme cambió de lugar. El hombro, un seno, la cadera, el tobillo. A medida que descendía por las partes de mi cuerpo, las ganas de tatuar mi piel disminuían, al punto de olvidarme de aquella loca idea juvenil.

Lo que viene con ser adulto creó otras prioridades. Las ocupaciones, el estrés laboral, los trancones, las deudas me provocaron un agotamiento físico y mental. La sugerencia médica implicaba un cambio de hábitos alimentarios, y un incremento en actividades deportivas, que en aquel momento eran cero.

Con algo de pereza y excusas me inscribí en el gimnasio de mi barrio. Solo iba dos veces a la semana. Por sugerencia del entrenador empecé asistir más días. Tres meses después me sentí con más energía y los dolores en mi cuerpo disminuyeron.

Mi compromiso con el ejercicio aumentó cuando vi en mi oficina un cartel para una carrera en favor de una fundación. Mis jefes me daban beneficios y tiempo para entrenar, y el instructor reforzó mi preparación. Aunque sabía que no ganaría, la meta sería terminar.

Con el tiempo aparecieron más carreras. Mejoraron mis tiempos, y también mejoró el ritmo cardíaco. Me sentía fuerte, capaz de ganar cualquier cosa. Hasta en mi trabajo fui ascendiendo, cumpliendo los logros que la empresa me asignaba. Entonces comenzó el cambio.

Entrenaba para una competición, pero me sentí cansada. Me dolía un brazo. Supuse que alguna gripe me estaba afectando. Pero las noticias médicas fueron más complicadas. Tenía un tumor. Exámenes y más exámenes. Medicamentos, cirugías, dolor, más medicamentos, más dolor.

En dos meses, mi vida, mi cuerpo y toda mi rutina cambio. Me miraba al espejo y no me reconocía. Donde antes había un redondo y voluminoso seno, aparecía una cicatriz que llegaba a la axila. Donde antes había cabello, ahora una brillante cabeza se veía en el espejo con unos ojos opacados por gigantescas ojeras.

La depresión me afectó, y tuve que asistir a terapia psicológica. Allí encontré a mujeres como yo. Mujeres que luchaban y se sonreían con sus propios cambios. Mujeres que se identificaban conmigo, mujeres de todas edades y colores, mujeres con los mismos sueños que se apoyaban para decir Soy una sobreviviente.

Entre las sobrevivientes conocí a alguien que me recordó mi juventud. En uno de sus brazos llevaba la fecha de su diagnóstico tatuada. Hablé con mi médico y dijo que sí, que si tatuarme subía mi ánimo, que lo hiciera. Me recomendó un sitio.

En aquel local, un hombre con miles de fotos en sus brazos me atendió. Me contó su historia, y sugirió algunas imágenes que podía realizar. Preguntó si me gustaría una "aureola". Lo miré con curiosidad e imaginé un santo. Me corrigió. Dijo que tatuaría una "aureola" (areola) y un pezón rosa donde antes tenía el mío. Me mostró fotos de otras mujeres, y las lágrimas rodaron en respuesta afirmativa a su sugerencia.

Tardó casi una hora. Mientras coloreaba mi piel, no sentí el dolor producido por las agujas. Terminó. Me giré hacia el espejo con los ojos de esperanza y la sonrisa que había perdido en el proceso. Donde antes no había nada, ahora tenía un hermoso pezón y una redonda y brillante areola rosa. Donde no había nada, ahora tenía un tatuaje.

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