
El poder del Capitán
Anónimo
Al entrar en la atmósfera de aquel extraño y misterioso planeta, algo sacudió la nave. Se dispararon las alarmas, saltaron todos los sistemas automáticos de emergencia y se cerraron todas las compuertas entre el puente de mando y los numerosos compartimentos, dejando así aislada a la tripulación en cada sector de las instalaciones.
Por alguna extraña razón, las comunicaciones se habían cortado y no había modo de averiguar lo que estaba ocurriendo. Con el pasar de las horas, el pánico y el estado de alerta se fue apoderando de los tripulantes que empezaron a delirar en especulaciones. Poco o nada se podía hacer, a parte de esperar.
De repente, en el puente de mando, el ordenador avisó al capitán:
"En uno de los sectores centrales de la nave, se ha detectado una anomalía que podría poner en peligro la integridad de la entera estructura"
La solución era lógica pero dramática: intentar acceder al compartimento anterior al afectado, y una vez allí, activar manualmente el mecanismo de expulsión, desanclar y sacrificar parte de la nave para salvar al resto.
El único modo era enviar a alguien desde la escotilla de emergencia en el puente para acceder desde el exterior al la vía de acceso más cercana. Algo arriesgado debido a la gran velocidad que llevaba la nave, pero no había tiempo que perder, así que el teniente se enfundó el único traje disponible en el puente y se dispuso a tan espeluznante misión. Sabía de antemano que muchas vidas se perderían, incluso si todo salía bien y el plan tenía éxito.
Jugándose la vida, el teniente, consiguió por fin acceder al primer sector y, rápidamente, informó de la situación a los hombres que allí se encontró. Todos se quedaron perplejos y desolados, pero el protocolo era claro y claras eran las órdenes del capitán. Habían sido entrenados y preparados para enfrentarse a situaciones como aquella. Así que hicieron de tripas corazón, dejaron sus sentimientos al margen y se pusieron manos a la obra. Tras buscar rápidamente las herramientas necesarias en el almacén, se disponían ya a forzar la primera de las numerosas compuertas.
Conforme avanzaban sector tras sector, la noticia y la orden del capitán se iba extendiendo entre la tripulación. Cada vez más pasajeros se sumaban a la trágica misión contra el tiempo y contra sus propios corazones.
Mientras tanto, en el sector afectado, uno de los ingenieros que casualmente se encontraba allí, se había percatado del humo que salía de uno de los paneles.
Al investigar, descubrió un pequeño cortocircuito (probablemente causa de toda aquella desgraciada situación).
Rápidamente, el ingeniero extinguió el pequeño fuego y, haciendo gala de una gran habilidad, logró puentear los cables afectados que probablemente habían hecho saltar la alarma en el ordenador central. De hecho, los daños no eran tan graves y, probablemente, no habrían siquiera llegado a comprometer la estructura de la nave, tal y cómo los sensores erróneamente indicaban.
La nave ya no estaba en peligro y así lo indicaban ahora los sensores frente al capitán. La anomalía había sido controlada. El auténtico peligro ahora, en cambio, eran aquellos hombres y mujeres incomunicados que seguían avanzando con la firme intención de sacrificar la mitad de la nave y de la tripulación.
El capitán comprendió en seguida que la única forma de evitar aquella tragedia innecesaria era tratar por todos los medios de reestablecer la comunicación con el resto de la nave y revocar sus órdenes.
Comprendió que esa era la decisión que tendría que haber tomado desde el principio.
